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martes, agosto 20, 2013

El chico de la gorra roja.

Como cada vez que hacía la compra, la niña pasaba con su carrito por el paso a nivel del tren, y luego por enfrente de la estación de tren abandonada, junto la que había un puesto de vigilancia en alto, que como la estación había caído en desuso. Y como cada vez que pasaba, la niña estaba pensando en su alto castillo,- la estación-, y en el imperio que dominaba desde él junto a su amigo,- el árbol-, y su dragón de acero,- el tren-.

Fue entonces cuando se dio cuenta de que algo iba mal. Alguien había tapado con maderas las ventanas de la estación, y había robado la bandera que había hecho para la estación con un trapo de cocina colgado en lo alto del árbol. Asustada, percibió que alguien, desde las sombras del interior del puesto de vigilancia la observaba. La figura, al ser descubierta, salió a la luz. Se trataba de un chico con una gorra roja, uno o dos años mayor que ella, de unos 11.

Él sabía que la niña sentiría miedo al verle, primero la intimidó con la mirada y luego cargó la escopeta que llevaba en las manos para que a la chica le sirviera de advertencia.


domingo, agosto 18, 2013

La estación de tren y la niña.



El carrito de la compra hacía un molesto chirrido. Una especie de quejido agudo cada vez que las ruedas daban la vuelta. La niña tiraba de él sin interés mientras se concentraba en la calle a su alrededor, el aire, los ojos de la gente, las aceras desgastadas, sus pies andando al ritmo de una canción imaginaria.

Cruzó el paso a nivel que la separaba a su casa y observó que había una caseta de vigilancia abandonada a su lado. Y un poco más allá una estación de tren abandonada. La ciudad se había ido construyendo a su alrededor. Al construirse una nueva estación y con el pasar de los años había sido olvidada, tapiada, y con un enrejado tan sucio cercándola, ni siquiera los vándalos quería acercarse a ella. 

La niña, que poseía el poder más hermoso y a la vez el más terrible del mundo, lo desplegó sobre aquel trozo del mundo. Tenía el poder de ver como había sido en el pasado, haciendo recomponerse las losetas rotas del suelo, los papeles tirados, volver a su sitio dentro de la oficina del revisor, el árbol que había atacado el tejado, metiéndose dentro del edificio se echó para atrás y el techo, que había caído por el peso de la planta, volvió a su lugar. Vio a la gente comprar billetes para el pasado, y a niñas llorosas volver a ver a ese chico que se fue a la gran ciudad y jamás volvió. 

La niña volvió al presente, y decidió ver el futuro. Unas máquinas demoliendo el edificio, destruyendo el pasado, al que ya no se podía volver, y convirtiéndolo en un futuro mejor para aquellos que permanecían con vida.

Pero la niña no tenía solo el poder de hacer nuevo lo viejo, o de destruirlo. Se decidió a entrar dentro de la estación, y a utilizar su magia más poderosa, una magia que solo poseen los niños, y sin hacer grandes reformas, convirtió aquella estación en su fortaleza y castillo, que un dragón plateado se encargaba de custodiar, pasando todos los días a las 8 de la mañana y luego, a las 5 de la tarde como un verdadero trueno, haciendo temblar la calle a su paso, atemorizando a todos con un terrible rugido.
Se hizo un trono allí donde el sol recaía al atardecer, y las hojas de papel del suelo eran pétalos de rosa que habían sido puesto allí en su honor. Más tarde subió al árbol, que resultó ser su mejor amigo, que había decidido visitarla, y en cuya protección podía observar el mundo que vivía allí afuera.
Un mundo de fantasmas que no eran capaces de ver en ella su gran poder, ni en el castillo la belleza. No podían ver en el árbol un amigo, ni en el tren a su fiel dragón. ¿El ser adultos los había cegado para siempre? ¿podía ella hacerlos ver?

viernes, agosto 16, 2013

El Juez de los Ladrones- Relato

Al llegar las ocho al ladrón le llegó una misiva, en ella aparecía su nombre escrito en rojo con una pulcra letra. Nada más ver la carta deslizarse por debajo de la puerta el ladrón tembló. Se despidió de su familia y huyó. 

Una cortina de nubes cubría la luna. El silencio reinaba en la calles excepto por unos pasos sordos y desafortunados. Eran de un hombre histérico de miedo que no se atrevía a correr pero tampoco a pararse. Eran los pasos del ladrón, que sin saberlo avanzaban hacia su tumba.

El asesino que había de matarlo se hallaba  apostado como un gato en lo alto de un edificio. Observando, preparado para derramar sangre. 

Los ladrones robaban, e incluso mataban si era necesario, por diferentes razones. Enriquecerse, cobrarse venganza, a veces simplemente querían sacar adelante a sus familias. Había algún iluso que buscaba ayudar a los pobres a costa de los ricos, y algún  loco que lo hacía simplemente por el gusto de ver a sus víctimas agonizar.

El asesino miró al ladrón que con manos temblorosas sostenía una pequeña daga en alto. De que poco le serviría. Hacía no mucho el asesino había sido también un ladrón tan vulgar como el que tenía delante, aunque más fuerte, ágil, y valiente. Más trabajador quizás. 

Pero él había demostrado ser diferente. Ahora era Juez. Juez de los ladrones. 

Y como Juez debía hacer que ciertas leyes, aunque antiguas, se cumplieran. No se debía robar a alguien demasiado pobre, para no ahogar a la gente más humilde en desgracias, pero tampoco se debía robar a la gente demasiado rica, porque podían destruirlos. Pero sobre todo, un ladrón tenía permitido robar, pero no ser cazado robando. 

Este ladrón que debía de matar había roto estas tres reglas, entre muchas otras. Ahora le perseguían nobles y humildes con ahínco para sacarles los secretos, para intentar que confesara sus crímenes, y para que señalara a los otros ladrones que vivían dentro de las murallas de la ciudad. Pero eso no pasaría. 

El juez aplicó la ley. El pecho del ladrón se abrió en dos con ayuda del frío acero, tiñendo el suelo de escarlata. 

No había sido un asesinato sin avisar, aquella misma mañana el Juez había enviado una misiva al condenado. Una misiva dirigida al ladrón expresamente, con nombre y apellidos en una letra tan roja como la sangre. Dentro de la cual, el aviso con la condena, su firma -la firma del Juez de los ladrones- y el sello de aprobación del Señor de los ladrones, que como todos sabían, era el propio rey. 

lunes, febrero 20, 2012

A petición de Tris

Escrito hace un mes -
Subido a petición de Tris.
¿Por qué me mira?

El chico del otro lado de la biblioteca se revolvió en su asiento, inquieto. Luego mira sus apuntes, escribe algo en la agenda, y me mira. Se gira hacia su novia, que está atenta a una pantalla de ordenador, le susurra algo a lo que ella asiente, me vuelve a mirar y de vuelta a su cuaderno.

Yo todo esto lo veo por el rabillo del ojo, imaginándome o que,  bien aquel chico es un espía especial preparado para matarme por conocer secretos de estado, o, en segundo lugar, pero no menos emocionante, es un escritor al que he llamado la atención y que me está retratando en su cuaderno.

Si es lo segundo, y por la cara con la que me mira, yo debo estar inspirando algún personaje femenino malvado, que quizás, cruelmente, haga rechinar la silla en la biblioteca antes de los exámenes finales.


lunes, diciembre 05, 2011

Vivir rodeada de Muertos

Me desvelo. Se me ha desgarrado el alma en dos pedazos que intento inútilmente coser. Vuelvo a la cama como un muerto viviente, y tirada en ella, me siento rodeada por una neblina espesa. No lloro. Juro que lo intento. ¡Y aún consiguo que se me escape un suspiro! Pero el llanto se resiste. Escribo, por que es el único lujo que puedo permitirme. Huyo a lugares inventados donde Béquer aún escribe, y Bach aún compone. A los campos Elíseos donde los muertos aún están vivos. Y entre ellos leo y escribo cosas que la humanidad no entendería. Vivo aventuras retorcidas y traumáticas acostada en un campo de amapolas, y terminando mis sueños te encuentro, te encuentro y me miras de lejos. Y sólo eso basta.

Si esto es despierta ¿Cómo será cuando caiga dormida, herida por el dulce morfeo?

sábado, noviembre 19, 2011

Los Caballeros del Llanto

Él era un Caballeros del Llanto. Una de esas personas que han sufrido tanto que ya son incapaces de sufrir más. Él tenía un escudo de sangre y dolor, y una espada de llanto. Supongo que me enamoré de él.
A mis monstruos no les gustaba. Él monstruo hermoso, vino a hablar conmigo, traidor, y me dijo dulcemente que jamás mostrara mis emociones a los demás por el bien de mi monstruo (Ego). Me dijo que la gente no las entendería, que yo siempre fuera hermosa y feliz, y así todo el mundo me querría.

Y dijo la verdad, el caballero del llanto se enamoró de mi. Se enamoró de mi mentira.

Si quieres leer un cuento de hadas busca otra historia, por que esta no es demasiado bonita.

Fué él el que me enseñó que el mundo, con todas sus ciudades, era solo una caja de cartón a la deriva en el mar, y que nadie lo sabía. Fué él el que me enseñó a luchar. Poco a poco, el caballero, mi caballero, fue enseñándome sin querer como era él, imperfecto y dolorido, ajado. Sin querer, le envidié.

El monstruo Ego empezó a enfermar, arrastrándome con él hacia la muerte. Me hizo una herida de la que no podía sanar. Me di cuenta de que no era feliz, y no era capaz de hacer feliz a nadie. No de verdad. Mis monstruos me acompañarían toda la vida. Una vida que yo no deseaba vivir.

Te pido perdón, caballero, mis monstruos solo te harían infeliz. No podía permitirlo.
Y así fue como me alejé de mi caballero. Con la firme intención de morir. Conmigo morirían todos mis monstruos y el dolor. Con suerte en el mundo ya no hubiera jamás mal.

Me llamo Olam, asesiné el amor de alguien por amor, irónico ¿no? Me convertí en un monstruo peor de lo que ya era. Sin saberlo, muy despacio, me estaba formando un pequeño escudo, un escudo con mi corazón. Y una fina espada, echa de injusticia y el pedazo de alma que me faltaba.

jueves, noviembre 17, 2011

Los Monstruos de Debajo de la Cama

La primera vez que me escondí debajo de la cama fue por uno de esos estúpidos juegos del escondite. De esos en los que si no te escondes bien, te hacen daño. De esos en los que no quieres que te vean llorar. Quieres que piensen que eres fuerte. Te escondes y te tragas la lágrimas, y quedas tan exhausto por el dolor que acabas por quedarte dormido.

Allí, más cerca de los monstruos que nadie, fue donde nací yo. Me crió un monstruo. Los monstruos no son buenos. Te reconcomen el alma  por dentro. Mi monstruo se llamaba Ego. Era un monstruo. Muy débil, y muy idiota. Muy malo, como todos.

El monstruo me hizo creer en mi misma, en mi fuerza, en mi justicia, me llevó a un pantano farragoso en el que me ahogué. Los monstruos son malos, pero la gente los quiere. Supongo que por que a la gente en realidad no le gusta lo bueno. A medida que fui haciéndome su amiga descubrí más monstruos, un monstruo con mil ojos y otro que no tenía ninguno, uno que era muy feo, y otro que era hermoso, que era de los más malvados. Pero el peor de todos era Ego, mi gran amigo.

Los monstruos solo traen dolor, solo traen amargura,  no dan fuerza. Por eso decidí que no quería vivir, me convertí en un monstruo. Fue entonces cuando llegó él.

¿Te han atacado alguna vez los monstruos de la noche? ¿Quizá eres uno de ellos?

Me llamo Olam, estoy perdida no sé donde, no me encuentro. Yo soy un Monstruo.

jueves, noviembre 10, 2011

Asesinos del Amor

Los Asesinos del Amor son criatura casi mágicas. Perseguidos como delicuentes, dedican su tiempo a salvar a de las garras de una enfermedad tan letal como el amor a las personas. Son odiados, pero en realidad tienen buen corazón, o así quiero pensar yo.
La gente los odia, ellos mismos dicen ser odio, pero lo que no saben, lo que no entienden, es que solo amando se puede llegar a odiar. Amando con toda el alma. En realidad son personas que aman. Aman más que nadie. Pero sufren. El destino les tiene reservadas desgracias continuas. Pero quiero pensar, que esas desgracias tienen un propósito en la vida, y quizás a alguien con quien compartirla.

¿Eres un asesino del amor? ¿Es posible que vayas por ahí murmurando que el sexo opuesto es imbécil? ¿Quizás te frotas la frente intentando olvidar a esa persona? ¿La miras con mala cara? ¿Es posible que te odies a ti mismo por amarla? ¿Es posible que la odies? ¿Es posible que este evitando pensar en ella en este preciso instante?

Bienvenido a mi mundo. Me llamo Olam. Soy una asesina del amor. La verdad es que, el colmo de la vergüenza, me enamoré de otro asesino del amor. Ahora cuento mi historia.